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La Coctelera

Categoría: Relatos

Esbozo de Revienta, que no he de acabar (III)

Juanjo | 20, mar



N.d.A.:Creo que comienzo a saber de qué va a ir ésto.

[...]

¿Amigos? Perfecto, si yo tampoco aspiro a más. Sólo soy tu amigo, y no soy un amigo muy distinto del resto de tus amigos. La diferencia entre mí y ellos es mi sinceridad: yo reconozco que se me vuelca el estómago cuando sonríes y que anhelo follar contigo, todo el rato. Pa que veas.

[...]

Las cartas no pintaban nada bien. Dos treses, nada más. Todas fuera. Héctor no había mirado la carta que tenía en el extremo de su izquierda desde que le había caído en la mano. Sólo miraba a su derecha. Se dio cuenta de que ladraba a todo el mundo, siempre. Excepto a ella. Cuando se dirige a ella, su voz se aterciopela y se convierte en un susurro zalamero asquerosamente dulce. Empalagoso de mierda. No te distraigas ahora. Observa.

[...]

Me siento mal. Necesito apoyarme en tu estómago para dormir. Ahora.

[...]

Le gustan las cucarachas. No comprende porqué les tienen tanta manía. ¿Enfermedades? Sí, pero también las palomas son sacos de gérmenes, sucias ratas con alas, y les dan de comer en todos los parques.

Estoy seguro de que no sufriría si te viese morir ahora mismo, caer fulminado. O fulminada. Asqueroso. O asquerosa. No queda mucho para que sepa quién eres.

[...]

Había un Melkor. Estaba ahí dentro.

[...]

- Al fin y alcabo, Freud no tenía, en realidad, la culpa de ser estúpido - dijo.

[...]

Creo, incluso, que tú sabes quién ha estado aquí. Siéntate en esa silla, y espera. Enseguida vuelvo.

Cada paso que di hasta el salón me costó toda la fuerza de que disponía. Podría haber explotado en llanto en cualquier momento.

[...]

Su piel. Me gusta su piel. Es guapo. Pero no lo quiero. Y me gusta. Pero jamás lo reconoceré. Porque todo esto está mal. No me entiendo. No sé qué me pasa. ¿Quiero sentir emoción, simplemente? ¿Quiero sentirlo a él? ¿Quiero vivir un gran secreto, tener algo que ocultar en silencios para hacerlos mejores? ¿Quiero hacerlo y olvidar después, como otras? ¿Quiero que me arrebate algo, sentirme llena de placer por placer, y aún así plenamente irresponsable? Podría hacerlo. Me lo ha ofrecido todo. No me entiendo. No sé qué me pasa. Y me da miedo pensar en qué vueltas pueda dar mi cabeza a partir de éste punto.

[...]

La primera vez que se encontraron sintieron lo mismo: desconfianza.

[...]


- Y la cuestión es que no tiene solución, o sí, a partir de determinado punto. Lo que eran choques se convierte, o no, en incompatibilidades. La adaptación es sencilla al principio de X, mientras tan sólo hay que "hacerlo mejor" que antes de X. La acción es sencilla de cambiar, cuando se atiende a la acción en sí. Pero el fundamento de la acción anterior a X, que al principio trasciende sólo en la forma de mirar, mientras la acción es "mejorada", siempre acaba envolviendo nuevamente a esa acción.
- Que la cabra tira al monte, dices.
-Sí.


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Ojalá llueva (aún más)

Juanjo | 15, ene



“Cuando ayer salió del coche, me pareció que iba a dar a luz un sol”. Con semejante gansada comenzó el profundo soliloquio. Les acompañaba una botella de Estrella de Levante, cuya etiqueta estaba ya, a esas alturas, surcada por inverosímiles geometrías hechas a punta de navaja. Que si el Sueño de una Noche de Primavera, que si el improductivo día en que soñamos que asesinábamos a Los Dioses en el Aula Magna, que si la filosofía va con minúscula y que si el positivistoide del profesor no entiende a Nietzsche… todo un collage de vidrios mal soplados iba apareciendo a medida que el orín de asno se hundía en sus estómagos a través de sus excelsísimas gargantas. Todo ello para decir que estaba enamorado, el chico (no sin antes pasar por la socorrida excusa del determinismo serotonínico).

“Ayer hubo una manifestación de prostitutas autorizadas porque sus hijos ocupan altos cargos en nuestro ministerio”, respondí yo, cerrándome el cuello de la camisa negra. Expliqué el chiste y le hablé del libro del que procedía: “Highway”, de un sacerdote protestante con nombre raro (creo recordar que Writér). Acabé de un trago la cerveza y le di un pescozón condescendiente al príncipe.

Caminamos durante unas cuantas horas, pasando, curiosamente y en tal orden, por el pequeño trianón, el gran trianón y el poblacho de la reina. Albergábamos un sentimiento de esperanza frente al futuro, pero también un deseo vehemente de que no llegase de repente, cual nos habían prometido. Queríamos verlas venir, y no queríamos correr para llegar. No nos atemorizaba hacernos viejos, sino adultos - y cuentan que eso sólo pasa cuando llegas a un punto de no retorno en el proceso -. Yo llevaba una entrada del cine en el bolsillo, y le conté la semiótica historia del fetiche, procurando distanciar mi discurso, en grandilocuencia, del suyo. Fallé graciosamente. Comenzó a llover.

Pensé, al sentarnos en un banco, que mi querido príncipe, mi acompañante predilecto, era aún muy joven y que ya tendría tiempo de convertir su pequeño mundo textual en un universo de miras convenientemente marginales. Diego, querido Diego, le dije. “¿Qué ruido es ese? ¿Hablas al viento? ¿Quién me llama?”, me respondió jocosamente. ¿Qué harás con tu adolescencia cuando se haya perdido? La mezclaré con el yo del que es parienta. Pues dime después dónde está: querré retirarla de allí y crearle una bonita capilla en mis libros. ¿Tus libros? Sí, ya sabes que soy presunto escritor. Qué va, tú lo que eres es un flipao. Ya no se puede escribir el Quijote, pero hay niños que adoran a Harry Potter. ¡¡No seas osado!!

Seguimos caminando mientras pensábamos en las escasas diferencias que existían entre el comienzo de nuestras biografías y los de las más mediocres. Yo pensé “no puedo demostrar que no existe el ratoncito Pérez”. El pensó “me gusta el anuncio de Levis, ergo sigo siendo un adolescente”. En estas, el sol salió, como un rayo, desde la immafronte de la catedral de Santa María, petrificándonos completamente.


Me hago muy viejo.


Esbozo de Revienta, que no he de acabar (II)

Juanjo | 15, ene



- ¿Cómo que las quieres a las dos?
- ¿Y quién coño ha dicho eso? ¿Eh?

[...]

Miró las cartas y sonrió, arrugando el morro hacia la derecha. Juan es un poco bobo, se dijo. Se deja engañar tan fácilmente jugando al póker como se viene engañando con todas las mujeres que le conozco.

- ¿Debo recordarte que tienes que decir algo, o quieres rendirte cual deleznable cucaracha?

Con respecto a mí, la esquizofrenia sentimental de los últimos días está acabando conmigo.

[...]

- Al fin y alcabo, Freud era un estúpido - se dijo en alta voz.

Limpiaba la sangre de la espada con afectación y gravedad, sintiéndose un guerrero cansado, afilándola tras la batalla, victorioso y tranquilo. Sin prisa alguna.

No le provocó nada de lo que esperaba. Había alguien muerto ahí delante y no se sentía mal. Para más inri, lo he matado yo. Así que una pizca de remordimiento sí que debería sentir. No va a ir más al campo a oler flores ni nada de eso. O a lo mejor no hubiera ido de todas formas.

[...]

No muy alta. Muy delgada. Frágil. Las miradas no se detenían en ella a largas distancias. Lo suyo eran las distancias cortas. La voz. La mirada. El rostro delicado y pequeño. La sencillez de cada movimiento. No la acosaban, quizá... pero nadie la dejó, y él sabía que nunca, nadie, la dejaría a ella. Conservaría a quien desease conservar. Una Ungoliant muy real, sin Melkor capaz de enfrentarla.

[...]

- ¿Pero te enteras o no, pedazo de imbécil, de lo que te estoy diciendo?
- No, lo que...
- ¡¡A ver, subnormal!! ¡¡Alguien ha estado aquí, alguien que no tenía que haber estado, y estoy seguro, pero seguro de cojones, no puede ser que no haya habido alguien o algo!! Joder con el nene... ¿estamos ya, o no estamos?

[...]

Su piel. Me gusta su piel. Es guapo. Pero no lo quiero. Y me gusta. Pero jamás lo reconoceré. Porque todo esto está mal. Np me entiendo. No sé qué me pasa. ¿Quiero sentir emoción, simplemente? ¿Quiero sentirlo a él? ¿Quiero vivir un gran secreto, tener algo que ocultar en silencios para hacerlos mejores? ¿Quiero hacerlo y olvidar después, como otras? ¿Quiero que me arrebate algo, sentirme llena de placer por placer, y aún así plenamente irresponsable? Podría hacerlo. Me lo ha ofrecido todo. No me entiendo. No sé qué me pasa. Y me da miedo pensar en qué vueltas pueda dar mi cabeza a partir de éste punto.

[...]

Mierda, no, por favor... no... diooss... tú no... pelea como un gato... dime que no eres tú... ¡¡¡que me lo digas!!!

[...]

Tenía miedo. Bien. Lo sujetaban muy fuerte, innecesariamente. Las fuerzas lo habían abandonado. Sabía lo que iba a decirle. El asunto no era nada fácil, pero sí muy sencillo.

- Verás que, para no ser más injusto de lo necesario, he escrito lo que debo decirte. Cuando te quite el bozal, mi estimado foxterrier, voy a hacerte una serie de preguntas. Tus respuestas deberán ser, exclusivamente, "correcto" o "incorrecto". Cada vez que respondas con otras palabras o expresiones, te cortaré una pequeña rodaja de un centímetro. Cada vez que no respondas, te cortaré una pequeña rodaja de un centímetro. Si la respuesta que das no me gusta, no te advertiré, ni te pediré que corrijas en primera instancia; primero, te cortaré una pequeña rodaja de un centímetro. Luego, callaré hasta que te recuperes un poco (y tendrás un máximo de 30 segundos) para que puedas volver a intentar dar con la respuesta correcta, evitando así que continúe cortándote rodajitas de un centímetro. Cada una de tus respuestas te será vinculante. De manera que relájate en la medida de tus posibilidades y prepárate tanto a darme buenas contestaciones como a cumplir con ellas.


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Noticias son 27 amores

Juanjo | 13, ene



27

Pero de verdad que llevo 27. Soy médico psiquiatra, investigador, ya vejestorio de 55 años, bien conservado, y enamoradizo. Y quien diga que el amor es uno y trina, no sabe lo que dice. Yo lo he investigado vitalmente.

Al principio, cuando mis testículos dieron el pistoletazo de salida, me llamaron "enamoradizo", y adopté el nombre. Oh, pobre de mí, ¿qué voy a hacer, si enamoradizo he salido? Pero crecí y sentí vergüenza de ello, pues el amor es uno y trina; y al enterarme de que el amor de mi vida debía llegar una vez y no más, santo Tomás, pues como que me dio vergüenza, dejé de reconocer que me enamoraba cada cinco minutos, y comencé a considerarme inmaduro. Eso no podía ser vedadero amor. Porque me enamoraba mucho. Me emparejé y todo, pa que veáis. Pero luego estudié. Y me ausculté una vez que me sentía inmaduramente muy enamorado mientras auscultaba también a una señora que decía que había encontrado al amor de su vida una sola vez. Cierto era. Pero también que palpitaban igual. Memoricé la frecuencia. Otra mujer, de la que también me sentía inmaduramente enamorado, me provocó la mismita frecuencia. Ahora sé que mi cuerpo no funciona como el de otros, aunque los de otros funcionen como el mío. Y he sacado en conclusión que tengo perfecto derecho, con la ciencia en la mano, a decir que me he enamorado hasta las cachas en 27 ocasiones. Soy, por ello, mucho menos romántico que la mayoría.



:P

En otro orden de cosas, y abandonando de momento a nuestro amigo, debo decir que esta mañana mi lectura de prensa ha sido salvada de nuevo por Google, por el de casi siempre (Nacho), y por alguno más.

· ¡Volverán bandeeras perezooosaas, de haceer (no mucho) el holgazaan... :)

· Aunque la noticia viene a ser que la peli en cuestión puede ser sólo un poquitín falaz, si sale Jordi Mollá no puede ser buena.

· Noticia de ciencia: descubierto un nuevo remedio contra el insomnio, superior a los publicados en vida. Reseñado por Lector Ileso, a quien en absoluto estoy llamando aburrido, ¿estamos?



XP

Hoy, no sé. Ayer, formador comercial. Antesdeayer, técnico. Lo que hay que hacer. Había una gorda mal follada en la farmacia que me impedía llegar a cualquier sitio.

¿Son los gatos mensajeros del diablo? Quizá, pero al final vencí. Y Dios dijo que parirían con dolor. Juas, juas. Ellas. La gorda de la farmacia también.

Ellas sienten la misma tentación. Pero disfrutan la tentación en sí, más que nosotros. Nosotros queremos el placer que hay detrás, a la voz de ya, normalmente.

Eso lo dijo Richard Attenborough. Creo. O eso o me invento las citas y tarde o temprano me denunciarán por izquierdos de autor.

Ayer fue la primera vez que me fui a mear en casa, y, habiendo visita, no cerré la puerta del cuarto de baño. No hay blanco o negro, pero sí un muy claro para nosotros, un muy oscuro para ellas.

Mear para ver.

[...]

· Y esto de aquí abajo salió en el Buenafuente:


Esbozo de Revienta, que no he de acabar (I)

Juanjo | 11, ene



- ¿Me la vas a meter doblada otra vez? Mira que no me queda un duro y en mi casa no te van a venir los reyes este año.
- Si te desplumo del todo vendrán en la mía y te traerán un bonito regalo.
- No será ese de hace un año.
- El mismo.

Miró las cartas y sonrió. No te fíes, se dijo. Creo que cuando lleva buena mano arruga el morro hacia la derecha.

[...]

Cerró la puerta y se dirigió hacia el taquillón, regocijándose en el crujir del suelo de madera. Le encantaba. Las paredes, lisas, de un blanco azulado, estaban surcadas de pequeños espejos. En tiempos, los espejos lo habían aterrorizado. El terror a los espejos daba pie a una cantidad casi infinita de interpretaciones psicoanalíticas merecedoras de pena de muerte.

[...]

- Esa marca en el suelo no estaba antes.
- ¿Seguro?
- No me jodas, que el suelo lo puse yo.

[...]

Me engarzó el collar y se despidió. No lo volví a ver. De todas formas, si lo hubiese vuelto a ver se hubieran desarrollado una serie de situaciones tan estúpidas como las anteriores. No sé porqué tendemos a arreglarlo todo ensoñando durante toda una vida de ensoñaciones incumplidas.

- Ya, que si la piedra, y tal. Tropezar y eso. Y comérselo todo con tropezones. No, si no soy una persona de grandes capacidades reflexivas.
- Ahí ahí con el Goytisolo, andas.

[...]

Claro que estaba seguro. ¿Qué estúpida pregunta era esa? ¿Y porqué la hizo? Su primera reacción hubiese sido de atención ante la posibilidad de obtener un dato más, si hubiese estado realmente intentando ayudarle a enterarse de qué estaba pasando.

- N.d.A.: no sé cómo desarrollar esto. Comienzo a pensar que no debí pensar en meterlo. ¿Porqué iba a pasar?
- N.d.L.1: ¿Y por qué iba a pasar nada? No te cortes, sigue sin calentarte más la cabeza.
- N.d.L.2: ¿Y por qué iba a pasar nada? Déjate de tonterías y no te calientes más la cabeza, que te invito a una cerveza U dos.

[...]

- No, si la cosa no funciona así. Sólo nos vemos, tomamos café y nos acariciamos un poco. Tan sólo tonteo, decirnos cosas bonitas y ya está. Hago doscientos kilómetros, quedamos en la estación, pasamos la tarde juntos y no hacemos más que pasear y acariciarnos. En alguna ocasión nos hemos dado un besito. Pero poca cosa. Para follar ya tengo a mi esposa. Además, mis hijos no me perdonarían si me acostase con otra mujer.

- ¿Pero me estás diciendo que tienes señora en el burdel y puta en casa?


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Otra vez el verso (V)

Juanjo | 29, dic

Odiaba profundamente los putos molinos de viento. Esos mamotretos modernos con pinta de cohete espacial. Y le jodía innombrablemente que fueran las dos de la mañana, que hiciera ese frío del carajo, y estar arrastrando por el monte un cadáver, senda arriba, acercándose a la asquerosa mole del molinillo de los huevos. Me voy a hacer florista, se dijo. Pero ya.

Las manos y los pies helados, aun sudando como un cerdo por el cansancio. Gruñía excesivamente para el esfuerzo físico que estaba haciendo. No le hacía falta gruñir tanto. La enorme bolsa que contenía el corpachón del filipino se rasgaba por momentos, y eso le hacía, absurdamente, darse más prisa y cuidar menos por donde lo arrastraba; como si la bolsa estuviese deshaciéndose en lugar de romperse a base de piedras y ramas. Como una hormiguita, llevaba su pan cuestecita arriba, cuestecita arriba.

Comenzó a canturrear. Le gustaba ponerle músicas variadas a unos versos tontos que aprendió de adolescente, pero que no ubicaba literariamente ni a la de tres. De hecho, ni siquiera alcanzaba a recordar dónde los leyó por primera vez. Pudo ser en una carpeta tanto como en un libro, ¿o fue en el lavabo?. No, no podía ser, porque en el lavabo de mi instituto no había nunca nada escrito que no tuviese que ver con fútbol y sexo gratuíto. O bonitas pistolas. Pero nada de poesía. Tenía que haberme metido alguna vez en el lavabo de las chicas para leer alguna. Quizá hubiese ligado más o mejor.

Subió la última elevación antes de la explanada de los gigantes y se plantó frente a ellos, deteniéndose desafiante. ¿Me vais a guardar el paquete? Por supuesto, Ángel, faltaría más, gurrarrum. Jeje, puñeteros seres inferiores e inanimados. Que no me entere yo de que pasa alguien de aquí, eh? Que lo voy a dejar debajo de aquel árbol.

Avanzó un poco más, superando el llano, y descendió unos metros por una pendiente poco empinada, hasta llegar a un extraño álamo negro. Precioso, se dijo. Realmente precioso. Me encanta mi trabajo.

Tres horas después, pensó que lo había acabado bien. Nadie lo notará, pues con mi astucia no contaron, jejeje.

Pedazo de cabrón, pensaba, mesándose las cejas. Ahí te pudras no: ahí te vas a pudrir.

Se sentó, lió y encendió un cigarrillo. "Qué bien te haces los cigarrillos", le decían. "No te jode", pensaba - e incluso respondía - él, "después de un capazo de años liando treinta al día, debo decir que no tiene mérito alguno: hacerlos feos sería para matarme".

El tipo que había enterrado iba a quedarse ahí para siempre. Pero no está ya, así que no te preocupes. ¿Al final vas a hacerte florista? No: me gusta mi trabajo. Maldito hijodeputa gordo de mierda.

Andó un buen trecho, con mucho menos esfuerzo y con mucho más nerviosismo. Sufría a posteriori. Se imaginaba a sí mismo siendo descubierto con el cadáver y no haciendo mas que una leve mueca de fastidio, algo con un punto manga, gota de sudor incluída. Pero si le pilaban después... si veía a alguien poco después de enterrar a un tío, le temblaban hasta las plaquetas. Todo el camino cuidando donde pisaba, mirando y escuchando a su alrededor. El chiste de Miguel Ángel Blanco, tenía que habérselo contado. Quizá debió llevarlo vivo para ejecutarlo junto a los molinos y así poder hacerlo. No, qué coño, eso sería pasarse. Pero molaría.

Llegó al coche y lo abrió con cuidado. Lió otro y fumó. Se relajó con el silencio del coche. Enciende el motor, pon la calefacción, coño, que hace frío. Lo hizo. Le daba un poco de miedo la oscuridad fuera del coche. Comenzó de nuevo a canturrear. Arrancó. Se despistó intentando recordar de dónde habían salido las palabrejas y casi atropella a un conejo.

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Se te van a caer

Juanjo | 21, dic

El rostro serio y concentrado de siempre. Su levísima sonrisa, impecable, que se rizaba en los siempre perfectamente graciosos pliegues. Sus ojos, bien abiertos y firmes, fijos en mí. Las pupilas abiertas hasta hacer sus ojos negros. Su conversación clara, desprovista de toda muletilla, no cesó en ningún momento; ni se quebró, ni deceleró. Sin novedad.

En un momento determinado que no guarda relación con ningún otro suceso, noté algo raro en su cara. Seguía mirando fijo en sus pupilas, y no dije nada, aunque ahora pienso que la extrañeza debió notárseme. Un destello; algo anormal, no sabía qué.

¿Una mota?... no, una pequeña gota de agua colgaba de la línea nítida de su barbilla sobre su cuello. Encima de esa gota, había más agua, pegada a la piel. Más arriba, me di cuenta de que la gota era el final de un caminito líquido que proseguía ascendente hasta su ojo izquierdo. Subí por su cara siguiendo el camino, mientras comencé probablemente a fruncir el ceño.

Y al llegar a su ojo, siguiendo el rastro de agua, vi cómo otra gota similar, también grande, salía precipitadamente hacia abajo. Y luego otra, y otra. Caían de golpe, como si simplemente estuviesen desbordándola por dentro. Del otro ojo brotaban también grandes lágrimas. Ella seguía hablando. No cambió el gesto, ni la voz. Sólo habían trasncurrido dos segundos desde que comenzó todo para mí cuando ella se disculpó elegantemente.

- Disculpa. Voy al baño, no tardo nada. No pierdas el hilo.

De Methamir

Juanjo | 15, dic

Mûrazor > Maleth > Indanaman > Mûleth > Minalcar > Methamir

Mûrazor vivió entre los años 1420 y 1883 de la Segunda Edad. Príncipe de Númenor, fue grande en la estima del rey. Destacó como capitán de navíos, y fue de los más osados navegando hacia el Oeste. Hacia el Este no hubo nadie que llegase más lejos y más rápido que él, y de los numenoreanos que asentaron en la Tierra Media estancias duraderas fue él siempre el primero.

Era alto y fuerte aún entre los dúnedain, de ojos penetrantes y un orgullo desmedido, aunque fiel de corazón y también un capitán prudente. Pasó la mayor parte de su vida en el mar y en la Tierra Media, acompañado por el hijo menor, Inabâd; mientras Maleth, el primogénito, se educaba con los señores de Andúnié, quienes más tarde serían protectores de los Fieles de Númenor.

Con el tiempo, alcanzó tal renombre en la guerra como general, que se dijo que de nadie, ni del rey, aceptaba órdenes sobre lo que él mismo hacía en la Tierra Media; nadie pretendíó dárselas tampoco. Y fueron los suyos quienes más daño hicieron a Sauron cuando hubo guerra en Eriador. Aunque también fue de los primeros en hablar contra los Valar y los Eldar de Occidente, pues le torturaba la idea de la muerte y la envidia de la inmortalidad de los Primeros Nacidos. Murazor se perdió en una batalla con las fuerzas que restaban a Sauron en el año 1883 de la Segunda Edad, en una emboscada al norte de Pelargir.

Mûrazor tuvo dos esposas: Luth, la primera, a la que desposó siendo aún muy joven, y que le dio a Maleth, de cabellos castaños y rostro luminoso como el de su madre. Luth murió durante un asalto de los moredain (que en aquellos tiempos se aventuraban muy al norte, codiciosos de todo lo que tuviese factura numenoreana), en lo que más tarde sería Pelargir. Enloquecido por el dolor y la soledad, desposó a Aral tras la muerte de Luth. Y fue esto porque el daño de su pueblo - que había renegado de los Valar y en su mayoría ya no quería hablar la lengua Quenya ni recibir a los Eldar de Eressëa – aquejaba ya a muchos, haciendo que la muerte los atormentase. Y ya comenzaban a cuidar de tener muchos hijos, pues sus vidas eran más cortas y les alcanzaba la enfermedad y la locura, que a los primeros numenoreanos no habían molestado.

Maleth se crió en Númenor en la casa de los señores de Andúnie, y también luchó contra Sauron en Eriador. Pero no fue hasta que los numenoreanos comenzaron a seguir el ejemplo de su padre y hablar cada vez más contra los Valar que visitó con asiduidad la Tierra Media. Esta tarea la continuaron su hijo Indanaman, que promovió el asentamiento de Pelargir y en él trabajó mucho; y trambién el hijo de este, Mûleth. Pero no fue hasta que Minalcar hijo de Mûleth huyó de la locura de Númenor, ya con Sauron "prisionero", y en el año 3300 de la Segunda Edad del Sol, que con su familia abandonó Andustar en la Tierra de la Estrella y se asentó en el Puerto de Pelargir. Ahí nació Methamir, alto y fuerte como el mismo Murazor; con el mismo fuego en la mirada y la fuerza de su brazo, aunque con la templanza de su madre, Annïriel.

Y Methamir fue, en tiempos de paz, el orgullo de sus padres por su sabiduría y su interés por las ciencias del pensamiento y la historia del mundo. Pues Minalcar, receloso de la beatitud de las colonias sin Sauron, deseó siempre que Methamir supiese que el mundo no fue siempre tan dulce y pacífico como él lo había encontrado al llegar. Y así, Methamir supo de los hechos de Beleriand y de Morgoth y de Sauron. Y aprendió las lenguas altas de los elfos, y supo que la sombra no puede ser destruída por la espada.

Y la muerte fue, para él más que para sus padres y los dúnedain en declive de sus tiempos, más el Don de Ilúvatar que la Sombra del Olvido. Y no la temió, aunque amase la Tierra Media como una madre.

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