Podría convertirme en un adicto severo a las palomitas de maíz, si me diese la oportunidad. O llegar a un punto en que me resultase imposible dejar de balancearme hacia delante y hacia detrás, alternativamente, si eso produjese un placer suficiente. Ello se debe a que no soy un adicto a ninguna de mis múltipleas y cambiantes adicciones, per se, sino un adicto al vicio, por vicio. Lo que se dice un vicioso, tan sólo enamorado de la cálida y vampírica sensación que produce la repetición y progresiva exageración (aumento de la dosis, hábito) de una actividad placentera. Para mí, siempre es un poco como la segunda vez, sin que la verdadera adicción sea realmente importante. Sólo el vicio de la segunda vez.
En realidad, no es nada extraño. La mayor parte de los llamados yonquis son adictos a la aguja y no a la basura baja en heroína que consumen. El exceso y la agresión que cometemos para con nosotros es lo que nos mantiene atados. Nos sentimos asediados y aliviados de la responsabilidad de vivir manteniendo el timón a cada momento, apoyados en un sojuzgador de la voluntad. Cuando estás conquistado no has de gobernar.
Y he buscado eso en casi todas las drogas más conocidas, incluso en algunas de menor popularidad. He conseguido también abandonarlas, cada una a su forma y tiempo, pero siempre he consumido en un momento u otro verdaderas burradas y me he sentido cómodo llamándome (en la intimidad) "adicto", buscando al tiempo, sin descanso, ser más animal que el resto, y aliviándome en las reprimendas preocupadas de amigos y estimados varios.
El problema, en mi caso, es que el vicio primero es el exceso en todas sus formas. Hace ya unos años andaba yo paseando por los alrededores del instituto en que tenía matrícula, cuando conseguí dejar de fumar, completamente, durante un par de semanas. Privado del pitillo, al perder mi pilar fundamental, esa muleta humeante que me ayudaba a salir y entrar de clase, casa, bares y locales varios, a andar por la calle, a conversar... me dio por comer como una bestia y agarré una "sobredosis de bocadillos". Esto es: cada mañana me preparaba en casa un enorme termo de café con leche condensada y una barra de pan llena de embutido. Acto seguido, un par de sandwiches. Y así pertrechado, me echaba unas mil quinientas pelillas al bolsillo, por si acaso.
En el primer descansillo de clase agotaba las reservas y me dirigía a la bollería más cercana. Una vez allí, me hacía con toda la bollería industrial que quedaba. Chocolate, bollos, empanadillas... y así se iba todo el dinero. Entonces, claro, aumenté enormemente las posibilidades, estadísticamente hablando, de encontrarme con un producto en mal estado. Me quedé las probabilidades anuales de Murcia, punto porcentual arriba, puntito porcentual abajo.
El resultado fue una "subida" y unos eccemas enormes por todo mi pequeño cuerpo. Al principio eran unas ronchas rojas muy monas, que acabaron por rodearme completamente, haciendo de mí un cheroqui rapado de lo más ridículo. Volví a fumar, por supuesto. Mucho.
Y sobre todo esto comencé a pensar por vez primera en aquellos entonces, iluminado por un buen amigo, jipi con botas camperas (también llamado "heavy", militante y ultraortodoxo en este caso). El primer Viernes que salí de bares tras una larga convalecencia, mi buen amigo Nito me estaba esperando en una barra en la que ejercíamos de parroquianos, sabedor de que tarde o temprano yo aparecería; me aguardaba preparado como una pantera, con el discurso preparado, tenso, un brazo en jarras, el otro blandiendo un mortal dedo índice y barbilla al cielo: "¡Hete aquí, Juan José! Debo decirte que ha llegado a mis oídos tu último desmán. ¿Cuando aprenderás el significado de la palabra MODERACIÓN? ¿Cuando aprenderás a hablar con moderación, a comer con moderación, a drogarte con moderación?". Cada célula de mi cuerpo dijo "SÍ, ÉSE ES EL PROBLEMA".
Y desde entonces he estado intentando aprender para disfrutar el sabor de las cosas antes del punto de saturación. Pero sigo consumiendo brutales cantidades de cafeína; paso siglos sin tomar una gota de alcohol, hasta que me da por la Guiness y no me quedo a gusto hasta encontrarme completamente borracho. O sea, que he he estado intentando, y tan sólo intentando, aprender. Supongo que debo sentirme bien, porque hay muchos como yo que no se saben tales, o que no lo intentan. O quizá deba sentirme peor. No lo sé. Al menos lo he venido intentando.
Hasta hace no mucho tiempo, que he empezado a plantearme si realmente deseo moderarme o seguir comiendo como un animal durante unos días, para luego no tomar más que café durante semanas; o si quiero dejar de querer y odiar mucho; o si puedo evitar que mi cuerpo decida dormirse a todas horas o no poder conciliar el sueño en siglos. O si puedo y/o quiero desprenderme de enormes cantidades de energía en cada nuevo y descabellado proyecto, abarcándolo todo, para luego explotar y sufrir porque "nadie me descarga"... cuando lo que en realidad ocurre es que mi atención está ya en otros lares.
Estoy mezclando cosas, pero en fin.
Es mi Blog :)


2 comentarios
la niña azul 10 nov 2005 | 03:45 PM
La verdad es que no sé que decir. Salvo que todo eso a mi también me pasa.
Y que me gusta como lo has contado.
Tyler 15 nov 2005 | 06:41 PM
Yo tengo la compulsiva nece(si)dad de fabricar ritmos golpeando alternativamente la punta de mis dedos contra el colchón nada más acostarme. Si el ritmo lo comienzo con la mano izquierda, la siguiente tanda debe empezar con la derecha. Un amigo me dijo, para desconsuelo mío (no consigo encontrar nada sin un nombre; odio al ser humano porque necesita designar...designar en vez de vivir, designar para destruir, para amar y para conseguir ventas mayores de un detergente que todo dios conoce desde hace mas de 40 años, por ejemplo) que eso tiene un nombre: paradidle http://www.guitarraonline.com.ar/bateria_paradidle.htm
Otra manía es la de escribir gilipolleces para caer mal.
Otra es la de caer particularmete bien a la gente que odio y, es algo voluntario...no sé, algún tipo de hipocresía descontrolada que me mata mientras la disfruto. Algo así como un orgasmo social.
Otra es la de bajar música compulsivamente, pero descubrí el porqué: necesito variedad infinita de banda sonora para cada puto instante de vida. Lo difícil es ser tu propio Dj, cosa que hace que luego amenice las fiestas como nadie.
Escribe un comentario