Que no sé si me da más asco el aire, la gente o yo mismo. Porque al salir por la mañana por el portal de mi casa de dan náuseas. Al visitar a los clientes me dan náuseas. Al leer me dan náuseas. Me da en la nariz que voy a ser yo el que no huele bien. O que tengo un problema de estómago.

[...]

Algún hijoputa ha colgado del cielo a la esperanza.
Y la noche, eterna, cae.
Y caen las horas.
Y cae su sangre.
Y con el rojo vergonzoso
de al teñirnos se convierte
en el color de la mierda.

[...]

Con la venia de la desesperanza y decertándola
recrezco por el débito endeudado de mi alma
con la bóveda de cieno y con el cuervo.
Recrespo sus miradas clavadas arrendadas a la sangre
prometida de una jodida moscarda que no llega.
Me encontré, estando en estas, un tipejo muy extraño,
rellenito y despierto, ciego y manco.

- ¿Qué pasó? - le pregunté.
- Quedé manco y me despidieron - repuso.
- Vaya hombre, ¿y que hacías?
- Putadas. Básicamente.

Me condujo hacia Decuma sin prisa, en carro de combate,
y esperó a las puertas de una estrella a que volviese.
Fuese o no aquel angelote sinvergüenza, se portó como un señor.

Anduvimos entre nubes un buen rato,
y encontramos a un señor que se llamaba Lusitanio,
y nos invitó a comernos un baco asado con tabasco.
Seguimos andando, y trescientos equites nos cortaron el paso
mientras agitaban en el aire las cabezas de los vivos en paro.
- ¿Qué sus pasa? ¿Quieres yá?- replicamos.
- Hemos errado a nuestros cálculos
y perdido los caballos. ¿Podrían ustedes ayudarnos a encontrarlos?

[...]

Me hago viejo y me gusta.