Poco a poco todo deja de saberme a algo. Poco a poco se me escapa el olor de lo que antes me atravesaba. Quiero otra cosa. Mi mirada se desvía. Hay siempre algo más importante, más dulce, más sabroso, más trascendente, que disfruto más haciendo, y mil motivos más. Que me hace sentiro más creativo, más lógico, más humano, más inhumano, dependiendo de por donde me ande el viento. Hay cosas que nunca dejo de hacer, se vistan como se vistan, y realmente comienzo a entrever, incluso antes de empezar, qué subyace a todo, siempre: disfruto de mi organismo saturado, bloqueado... ebrio.

Disfruto escribiendo, y más sabiendo que alguien me lee. Y más, sabiendo que más gente lo hace. Disfruto de la posición segura tras el teclado. Disfruto hablando a mi ritmo, marcando la pauta, mandando. Nadie mas que yo me hace preguntas incómodas: puedo resultarme todo lo autodestructivo que quiera, todo lo autocompasivo que desee, todo lo dañino que necesite. Puedo gritar cuanto quiera, susurrar desgracias tan quedo como me salga la voz . Me desnudo sin presión. Se me observa, pero no se me controla. Nadie influye sobre mí en el momento en que tecleo. No veo vuestras caras, y en cada momento imagino las que mejor o peor me hagan sentir, dependiendo de lo que necesite, según por donde me ande el viento.

Porque este blog, por descontado, es también un vicio. Necesito guardar las cosas que escribo en un lugar visible. Antes garabateaba y hablaba. Ahora escribo aquí. Es maravilloso. Me ofrece un motivo para escupir, y el simple hecho de que esté expuesto, - más allá de que se lea más o menos, incluso más allá de que se lea o no – se convierte en un motivo para no abandonar ese pensamiento, esa vomitiva reflexión, ese engendro mental que aparece sin avisar; o que has llamado para conjurar al engendro anterior.

Me gusta arreglar centralitas telefónicas. Me gusta crimpar cables. Me gustan los ordenadores. Me gusta la política internacional. Me gusta el periodismo científico. Me encanta cantar, sólo y acompañado, y tocar. Me gusta la música. Me gusta mirar las cosas, y jugar con ellas. Por eso me resulta tan maravilloso jugar a mi juego de rol. Es como jugar a papás y mamás, o a superhéroes (entonces yo iba y le pegaba y entonces lanzaba un rayo...) otra vez. Lo echaba de menos desde que lo dejé en torno a los diez años, creo.

Me hago viejo. Y eso me desconcierta.