Yo tenía un amiguito con el que jugaba a los exploradores, y del que no diré el nombre. Jugábamos a explorar rincones desconocidos del conocimiento, a comprender cosas que no comprendíamos, con armas insolentes y buenas intenciones, creativos y sonámbulos.

Y yo disfrutaba jugando. De vez en cuando, incluso, el abandono al juego te hacía acabar en un lugar realmente iluminado, poniéndote realmente delante de una reflexión útil. Guardo muchos buenos frutos. "Desarrollar", se llamaba el juego.

"Hay chorros de sangre
por cada palabra.
Y mil días de hambre
para la esperanza"

El juego consistía en poner cosas propias dentro de las cosas del mundo, y comprobar si le sentaban bien esas cosas nuestras de dentro a las cosas del susodicho mundo. Dábamos por hecho que ya estaban ahí cuando encajaban, y si no, las metíamos a presión. Entonces, habíamos encontrado las esencias de las cosas del mundo. De todo y todos. Muy platónico, todo ello.

Se enfadó mucho varias veces, pasado el tiempo, pasadas cientos de cervezas y otras yervas, porque no acaba de ser capaz de comprender del todo la vida más allá de su piel. Lo entiendo, porque lo conozco. No se lo tengo en cuenta ya. Pero me apena ver que le está costando desprenderse de aquellos juegos como único método de conocimiento. Me da pena que piense que, pasados los años, puede decidir qué pensar como lo decidíamos antes. Porque ahora quiere aplicar el juego donde no cabe. Sigue jugando igual, y yo voy jugando distinto.

Además, el juego lo dirigía él. Nos gustaba su batuta intelecto-juguetona, porque era un buen muchacho, muy inteligente, hábil, ingenioso. Tenía carisma. Pero es más fácil dirigir adolescentes perdidos que adultos de almendra errante.

El carisma también crece, para seguir encandilando, señor "Dios y Rey". Tiene que crecer, tío, porque ya huele.

Cuando te vi, me alegré enormemente de no ver frente a mí lo que me habían advertido. Porque temía que tu encantadora y controlada forma de locura se hubiese convertido en demencia cerril. Pero no era así, aún. Respiré. Me alegré por ti. Seguías queriendo ser una estrella del rock.

Temo que en la distancia, protegido frente a la pantalla del móvil o el ordenador, te dejes llevar en exceso por esa parte de ti que aún necesita un saltito cualitativo. Si utilizas las barreras como medio de expresión para hacer lo que no puedes o no quieres hacer en persona, mal. Si permites que el diablillo parapetado te invada y te llene la vida, peor.

Yo te sigo deseando lo mejor. Incluso sigo teniendo el brazo extendido para que agarres al menos una muñeca útil, aunque no muy grande. Pero tienes que darte cuenta de que el juego cambia. Ahora tienes que concentrarte un poco. Ahora las broncas y los juicios tienen que tener sentido, sin ir más lejos.

Yo, al menos, sigo siendo tu amigo, por muy capullo que seas. Pero en fin, ya sabes que soy más de lealtades que de amistades. Para mí es mejor así.

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Y noticias:

· Chávez canta por Zapata.

· Me caen bien los chicos de la CIA. En fin, la propaganda hace su efecto. Ethan Hawke es el máster del universo.

· No comprendo a los profesores de religión designados por la Iglesia Católica. No es que no los comprenda a ellos, porque no los conozco. Es que no comprendo que existan. No lo consigo comprender. O sí lo comprendo, pero me toca los huevos. No entiendo la asignatura de Religión si no se trata de una Historia de las Religiones impartida por gente cualificada y poco sospechosa de parcialidad.

Estoy hasta los huevos de la discusión sobre si el puto aborto de asignatura es obligatorio, opcional, complementario, evaluable o devaluante. Es un error.