Su carne se pudrió por completo en uno de los segundos más largos que recordaba. Se estremeció sintiendo burbujear su piel y derretirse sus uñas. Unas garras de mono chota le retorcían una y otra vez las entrañas. Le dolía mucho. La visión se hacía más y más borrosa a medida que sentía cómo la hiper-vibración de la silla iba desordenando y reordenando la estructura interna de sus ojos. Cuando los abrió, no sintió dolor. Sólo tristeza. Estaba sudoroso y lloraba. Mierda, mierda y mil veces mierda.
Despegó las sábanas de su cuerpo y se dirigió a la cocina, tambaleándose, intentando liberar su garganta del nudo de, casi (ya), cada mañana. El café ya estaba preparado. Su hija se había marchado hace una media hora, se dijo. Pobrecita, cuando las cosas parecían más reales y pobrecita cuando no lo parecían, en la ciudad y en el campo, en el centro y en casa, en la salud y en la enfermedad.
Se sentó con el café, y cayó en la cuenta de que tenía que ir a mear. No pudo mear. Intentó recordar el sueño una y otra vez, pero no podía quitarse de la cabeza lo que había leído en el cuaderno de su hija. La chiquilla estaba enamorada. Y había usado palabras de su padre para expresarlo. Le daban ganas de llorar de la emoción. Qué suerte, pensó. La hija de Andrés ni le dirige la palabra. Casi no sentía rabia por no ser ya el hombre de su vida. Puto orden natural.
Una, la roja, dos, la verde, tres la roja y amarilla. Cuatro ruedas tiene mi coche. Se rascó la barba, hundió el pie derecho en la zapatilla izquierda y comenzó a juguetear con el izquierdo, haciendo dibujos en el suelo de barro. El sol entraba con esfuerzo, y el gallo cantó tres veces, cosa nada rara. Olía a tierra mojada y a humo de rastrojos de algún vecino madrugador. Los pájaros tampoco se tomaban vacaciones fácilmente.
En ese momento entró su mejor amigo; debía estar haciéndose viejo, pues bastó explicarle que había tomado las pastillas para que se marchase inmediatamente. El olor penetrante de la tierra le invadió la nariz por un momento, pero desapareció. La preciosa casita le pareció de repente un cosmopolita y céntrico pisito.
Casi, casi, pero no me pillarás, se dijo cuando todo comenzó a cambiar y cerró los ojos para no verlo. Pues hala, me pongo a recitar y que les follen por el culo con una caña rajada y un higo. Se van a reír de mí, a estas alturas.


Tú también tienes spam...esto empieza a preocuparme....¿de donde vendra?
Yo lo que hago es marcarlo como spam...y algún mensaje futuro imagino que bloqueará, por lo menos a mi me ha disminuido el número.
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