Curioso. Lo hace como si quisiera darse pruebas empíricas, en medio de una enconada discusión consigo misma. Cuanto más estúpida se siente, más estúpidamente piensa. Esta tarde anduvo por la calle, hacia la redacción, obsesionada con la textura de la superficie de los edificios. Casi podía sentir en la yema de los dedos la arenilla del ladrillo desnudo, o la aceitosidad de las piedras que brillan, mientras iba dándose golpecitos con los cambios de nivel de las diversas superficies.
Salió por el portal como quien resucita de una fosa marina, de las abisales profundidades buceando a pulmón, para encontrarse con el cielo limpio y claro y la mar en calma. Le duró un milisegundo, porque estaba nublado. Enseguida la amargaron las mismas asquerosas y sucias nubes que, como a todo el mundo, en alguna ocasión la habían hecho sentir ligéramente melancólica, pero feliz. Ahora estaban marrones, parecían llevar tropezones y resultaban repugnantes; frunció el ceño y miró al suelo, calculando cuánto tardaría esta vez en llegar. Más de lo normal, que no quiero agobiarme corriendo: lo que tengo son ganas de estar en la calle.
Se tropezó dos veces antes de cruzar el primer paso de cebra. Andaba sin estabilidad, lentamente, dejando caer los pies en el suelo para apoyarse, balancearse y así avanzar; la cabeza gacha, porque era muy guapa y no le apetecía ver las miradas de los hombres ni de la bollera del quiosco; le hubieran parecido tontas esta tarde, y gustaba de degustar el mundo. Andaba sin cuidado, pero si la hubieras visto te hubiera gustado, porque el resultado era armonioso y grácil. Cuestión de suerte, de constitución.
Si te descuidas se te escapan las lágrimas, tontacapullo. Sacó la muy, pero que muy fea pitillera que le regaló su marido, y se encendió el enésimo de la tarde. El café le golpeaba la teta izquierda con latidos que, de haber estado acostada en la cama, hubiesen hecho ruiditos en el colchón. Seguro que si me tomo otro rompo el sujetador.
Los edificios no cambiaban mucho por la Avenida. Casi todo era de un ladrillo sobrio y clarito, muy similar. Poco tiempo, poca polución, muy feo todo. No soportaría meterme en una linda casita blanca andaluza. Qué horror. Así que se aburrió de tocar ladrillos.
Error. Apareció Eduardo Manostijeras y deseó tener sus manos para ir rayando los coches. El camino hacia la redacción iba a ser una puñetera mierda. Se puso a recitar y acabó por llorar. Todos se preocuparon por ella cuando llegó a la redacción, por mucho que procuró que no se notase.


11 comentarios
el flaco 26 nov 2005 | 09:40 PM
esta historia me recuerda a alguien...
jp 26 nov 2005 | 10:11 PM
Me intriga usted.
el flaco 26 nov 2005 | 10:42 PM
a una niña que siempre toca las paredes y que se ata el sujetador con un nudo.
jp 26 nov 2005 | 11:02 PM
Ya. Conscientemente, al menos, es casual. Pero quizá ha estado vuacencia más consciente que yo mismo, del textajo.
el flaco 27 nov 2005 | 12:24 AM
bueno, trabajo a destajo.
pliko 30 nov 2005 | 12:07 PM
¿trasvase segura-tajo?
jp 30 nov 2005 | 01:33 PM
Lo proyectaron y se fue al carajo.
pliko 30 nov 2005 | 04:00 PM
No sabían que era imposible.
Y como no lo sabían,
lo consiguieron.
(Los Planetas, de su disco "Super8")
La mayoría de las veces, ése es el único consuelo: hacer algo que nadie más puede hacer.
Lo que pasa es que, claro, luego te ves obligao a dar explicaciones, porque la gente pregunta y no puedes dejar de contestar, como cualquiera, y claro, ya no te gusta tanto, y vuelve a apetecerte el merendar sandwichs de nocilla y ver los dibujos por la tele aunque tengas ochenta años.
misscompracompulsiva 1 dic 2005 | 04:38 PM
este me ha encantado!
pliko 1 dic 2005 | 04:41 PM
sándwichs de nocilla y zumitos de piña
y en navidá sin turrón
alguien especial 1 dic 2005 | 07:15 PM
como que me stoy aclarando con el antihéroe ese
y maërandól for prèsidnt!
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