El rostro serio y concentrado de siempre. Su levísima sonrisa, impecable, que se rizaba en los siempre perfectamente graciosos pliegues. Sus ojos, bien abiertos y firmes, fijos en mí. Las pupilas abiertas hasta hacer sus ojos negros. Su conversación clara, desprovista de toda muletilla, no cesó en ningún momento; ni se quebró, ni deceleró. Sin novedad.

En un momento determinado que no guarda relación con ningún otro suceso, noté algo raro en su cara. Seguía mirando fijo en sus pupilas, y no dije nada, aunque ahora pienso que la extrañeza debió notárseme. Un destello; algo anormal, no sabía qué.

¿Una mota?... no, una pequeña gota de agua colgaba de la línea nítida de su barbilla sobre su cuello. Encima de esa gota, había más agua, pegada a la piel. Más arriba, me di cuenta de que la gota era el final de un caminito líquido que proseguía ascendente hasta su ojo izquierdo. Subí por su cara siguiendo el camino, mientras comencé probablemente a fruncir el ceño.

Y al llegar a su ojo, siguiendo el rastro de agua, vi cómo otra gota similar, también grande, salía precipitadamente hacia abajo. Y luego otra, y otra. Caían de golpe, como si simplemente estuviesen desbordándola por dentro. Del otro ojo brotaban también grandes lágrimas. Ella seguía hablando. No cambió el gesto, ni la voz. Sólo habían trasncurrido dos segundos desde que comenzó todo para mí cuando ella se disculpó elegantemente.

- Disculpa. Voy al baño, no tardo nada. No pierdas el hilo.