Odiaba profundamente los putos molinos de viento. Esos mamotretos modernos con pinta de cohete espacial. Y le jodía innombrablemente que fueran las dos de la mañana, que hiciera ese frío del carajo, y estar arrastrando por el monte un cadáver, senda arriba, acercándose a la asquerosa mole del molinillo de los huevos. Me voy a hacer florista, se dijo. Pero ya.

Las manos y los pies helados, aun sudando como un cerdo por el cansancio. Gruñía excesivamente para el esfuerzo físico que estaba haciendo. No le hacía falta gruñir tanto. La enorme bolsa que contenía el corpachón del filipino se rasgaba por momentos, y eso le hacía, absurdamente, darse más prisa y cuidar menos por donde lo arrastraba; como si la bolsa estuviese deshaciéndose en lugar de romperse a base de piedras y ramas. Como una hormiguita, llevaba su pan cuestecita arriba, cuestecita arriba.

Comenzó a canturrear. Le gustaba ponerle músicas variadas a unos versos tontos que aprendió de adolescente, pero que no ubicaba literariamente ni a la de tres. De hecho, ni siquiera alcanzaba a recordar dónde los leyó por primera vez. Pudo ser en una carpeta tanto como en un libro, ¿o fue en el lavabo?. No, no podía ser, porque en el lavabo de mi instituto no había nunca nada escrito que no tuviese que ver con fútbol y sexo gratuíto. O bonitas pistolas. Pero nada de poesía. Tenía que haberme metido alguna vez en el lavabo de las chicas para leer alguna. Quizá hubiese ligado más o mejor.

Subió la última elevación antes de la explanada de los gigantes y se plantó frente a ellos, deteniéndose desafiante. ¿Me vais a guardar el paquete? Por supuesto, Ángel, faltaría más, gurrarrum. Jeje, puñeteros seres inferiores e inanimados. Que no me entere yo de que pasa alguien de aquí, eh? Que lo voy a dejar debajo de aquel árbol.

Avanzó un poco más, superando el llano, y descendió unos metros por una pendiente poco empinada, hasta llegar a un extraño álamo negro. Precioso, se dijo. Realmente precioso. Me encanta mi trabajo.

Tres horas después, pensó que lo había acabado bien. Nadie lo notará, pues con mi astucia no contaron, jejeje.

Pedazo de cabrón, pensaba, mesándose las cejas. Ahí te pudras no: ahí te vas a pudrir.

Se sentó, lió y encendió un cigarrillo. "Qué bien te haces los cigarrillos", le decían. "No te jode", pensaba - e incluso respondía - él, "después de un capazo de años liando treinta al día, debo decir que no tiene mérito alguno: hacerlos feos sería para matarme".

El tipo que había enterrado iba a quedarse ahí para siempre. Pero no está ya, así que no te preocupes. ¿Al final vas a hacerte florista? No: me gusta mi trabajo. Maldito hijodeputa gordo de mierda.

Andó un buen trecho, con mucho menos esfuerzo y con mucho más nerviosismo. Sufría a posteriori. Se imaginaba a sí mismo siendo descubierto con el cadáver y no haciendo mas que una leve mueca de fastidio, algo con un punto manga, gota de sudor incluída. Pero si le pilaban después... si veía a alguien poco después de enterrar a un tío, le temblaban hasta las plaquetas. Todo el camino cuidando donde pisaba, mirando y escuchando a su alrededor. El chiste de Miguel Ángel Blanco, tenía que habérselo contado. Quizá debió llevarlo vivo para ejecutarlo junto a los molinos y así poder hacerlo. No, qué coño, eso sería pasarse. Pero molaría.

Llegó al coche y lo abrió con cuidado. Lió otro y fumó. Se relajó con el silencio del coche. Enciende el motor, pon la calefacción, coño, que hace frío. Lo hizo. Le daba un poco de miedo la oscuridad fuera del coche. Comenzó de nuevo a canturrear. Arrancó. Se despistó intentando recordar de dónde habían salido las palabrejas y casi atropella a un conejo.