Esto es más que un simple acoso.
Sufren menos en Kosovo.
¡Hace un día tan hermoso...
... y llegan estos algarrobos.
Con sus pintas medievales,
fustigando a sus pardillos.
Cantando nanas letales
de los tiempos del caudillo.

Conoces a una muchacha guapa, inteligente y tal. Tienes diecisiete años. Eres un crío. Además, estás drogado. La chica mola. Por lo menos, será una rara ave, una jovencita con la que se puede uno tomar una cerveza. Que no es moco de pavo.

Pero de repente, confiesa. Ha ido con tunos. Ha estado con ellos. Ha bailado su horrísono e infernal ladrido, retorciendo las manos por tremendamente insulsas sevillanas.

¿Conocéis sus estúpidos rituales? Investigad, investigad.

¿Ha de morir la mozita? No, contrólate. Vete, vete. No la mates. También hay pena por matar tipas que han andado con tunos. La ley no entiende de justicia ni de genética. Malditos quevedos de postal.

En fin. Supongo que siempre hay una historia detrás de un tuno, como la hay tras cada asesino en serie. No puedo con ellos. O al menos con la mayoría. Porque tengo un buen amigo que se pasó media vida en la tuna. Pero él vio la luz. No deberían vestirse así. No deberían.

Voy a relajarme un poco con este bonito juego, que debería incluirse como esparcimiento obligatorio en la nueva LOE.

Gracias, Juan Abarca.

Gracias por lo que haces en Mamá Ladilla.
Y también por lo que haces en Engendro.