“Cuando ayer salió del coche, me pareció que iba a dar a luz un sol”. Con semejante gansada comenzó el profundo soliloquio. Les acompañaba una botella de Estrella de Levante, cuya etiqueta estaba ya, a esas alturas, surcada por inverosímiles geometrías hechas a punta de navaja. Que si el Sueño de una Noche de Primavera, que si el improductivo día en que soñamos que asesinábamos a Los Dioses en el Aula Magna, que si la filosofía va con minúscula y que si el positivistoide del profesor no entiende a Nietzsche… todo un collage de vidrios mal soplados iba apareciendo a medida que el orín de asno se hundía en sus estómagos a través de sus excelsísimas gargantas. Todo ello para decir que estaba enamorado, el chico (no sin antes pasar por la socorrida excusa del determinismo serotonínico).

“Ayer hubo una manifestación de prostitutas autorizadas porque sus hijos ocupan altos cargos en nuestro ministerio”, respondí yo, cerrándome el cuello de la camisa negra. Expliqué el chiste y le hablé del libro del que procedía: “Highway”, de un sacerdote protestante con nombre raro (creo recordar que Writér). Acabé de un trago la cerveza y le di un pescozón condescendiente al príncipe.

Caminamos durante unas cuantas horas, pasando, curiosamente y en tal orden, por el pequeño trianón, el gran trianón y el poblacho de la reina. Albergábamos un sentimiento de esperanza frente al futuro, pero también un deseo vehemente de que no llegase de repente, cual nos habían prometido. Queríamos verlas venir, y no queríamos correr para llegar. No nos atemorizaba hacernos viejos, sino adultos - y cuentan que eso sólo pasa cuando llegas a un punto de no retorno en el proceso -. Yo llevaba una entrada del cine en el bolsillo, y le conté la semiótica historia del fetiche, procurando distanciar mi discurso, en grandilocuencia, del suyo. Fallé graciosamente. Comenzó a llover.

Pensé, al sentarnos en un banco, que mi querido príncipe, mi acompañante predilecto, era aún muy joven y que ya tendría tiempo de convertir su pequeño mundo textual en un universo de miras convenientemente marginales. Diego, querido Diego, le dije. “¿Qué ruido es ese? ¿Hablas al viento? ¿Quién me llama?”, me respondió jocosamente. ¿Qué harás con tu adolescencia cuando se haya perdido? La mezclaré con el yo del que es parienta. Pues dime después dónde está: querré retirarla de allí y crearle una bonita capilla en mis libros. ¿Tus libros? Sí, ya sabes que soy presunto escritor. Qué va, tú lo que eres es un flipao. Ya no se puede escribir el Quijote, pero hay niños que adoran a Harry Potter. ¡¡No seas osado!!

Seguimos caminando mientras pensábamos en las escasas diferencias que existían entre el comienzo de nuestras biografías y los de las más mediocres. Yo pensé “no puedo demostrar que no existe el ratoncito Pérez”. El pensó “me gusta el anuncio de Levis, ergo sigo siendo un adolescente”. En estas, el sol salió, como un rayo, desde la immafronte de la catedral de Santa María, petrificándonos completamente.


Me hago muy viejo.