Ya veremos si La Coctelera sigue a mejor. Por los e-mails a los que me ha respondido el buen Ricardo Barrera, parece que la van a dejar chula. Y como te he dicho, Amigo Pepito de Renania, mis "Rumiadas Periodísticas" no son más que una invitación a leer las noticias del día conmigo. Ni más, ni menos.

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- Me hace gracia pensar que igual el tipo éste murió hace tiempo en Afganistán. Pero como no hay cadáver, puede seguir mandando mensajes durante muuuuucho tiempo.

- Pues yo, si hubiese una guerra mundial entre partidarios del líder Google y guerreros por la libertad, me quedaba en el lado del imperio buscador.

- Normal, tenía que ser un foco de infecciones y enfermedades en pleno palacio presidencial. Y además un follón disciplinario: el ministro con sus asesores todo el día con la danza de la lluvia, cazando operarios con cerbatanas y desvirgando secretarias ritualmente. Ya era hora.

- Aaaayyyyy!!! ¡¡¡Pa comérselos a los dos!!!

- Ésta juventud... cuantas hostias le hacen falta.

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Y misógino que está uno. He recordado a una tipa.

La conocí y pensé "uy, mal rollo". Le concedí el beneficio de la duda, excepcionalmente, pues lo normal es, para mí, conceder ante la duda el perjuicio (que no prejuicio). Decides ser bueno por si acaso, por si tu impecable estadística de primeros juicios falla alguna vez y esa vez resulta ser ésta. En fin... parece que tras sus estúpidas y vacías palabras hay algo. Sí... eso ha parecido sutil... ay, no. Pero aquello otro parece como que puede significar... ah, no. Jo. Parece inteligente, profunda, madura.... pero no, o ¿sí?, porque eso de más allá, aquello que ha dicho, el silencio por aquí, el gesto por allá... que no, coño, que no.

Pero resultó ser una simple pazguata más. Su saber estar era quietud, ausencia de impulsos. Su madurez, miedo a disfrutar, falta de chispa. Todas sus prudencias eran tabúes y miedos. No escogía quedarse quieta viendo pasar ante sí la vida y a los hombres que quería: era demasiado estúpida, parada, cobarde, para tratar de agarrar lo que quería. Tampoco era sutil, sólo retorcida. Ni lúcida, pues todo lo que llevaba puesto era prestado y no había sabido digerirlo. Pobrecita, tampoco era culpa suya.

La he conocido un montón de veces.

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Tengo guardados varios escritajos en los que vengo elogiando a aquellos habitantes cocteleros que me viene en gana elogiar. Y me voy a marcar una serie de esputos peloteros llamada "Los pocos que no merecen morir".