Estoy en contra de los principios, creo. Pero no es una cuestión de principios, porque siempre contemplo la posibilidad de hacer una excepción. Es más bien una cuestión de subsiguientes.

De hecho, las firmes convicciones así, en genérico, como tales, me dan risa floja. Muchas pueden ser bellísimas, pero si son demasiado firmes me producen hilaridad, como el respeto inquebrantable por la vida humana. O me enternecen, como la fidelidad a un equipo de fútbol. Incluso algunas me repatean, como la fidelidad a una bandera.

Cosas veredes.