O por lo menos las odio hoy. Tras apenas media hora sentado, mirando pasar a la gente, siento unas tremendas ganas de apagarme. Plácidamente, claro, o sea, lo que se dice apagarme bien, sin sufrir. Pulsar un botón y dormir.

Pasaba la gente sin parar. Uno, otro y otro, con diferencias casi imperceptibles, como olas; o como granos de arena, apenas diferentes por el color. Pero no es eso lo importante, pues no me molestan sus uniformes ni su uniformidad: eso sólo los hace más cómodos o monótonos - según el humor - de contemplar. Lo duro es que pasaban y pasaban, y pasaban, y volvían a pasar. Y no había ninguno que fuese el último. Tras alguien con cara de furgón de cola, sólo pasaban unos segundos hasta el siguiente mamarracho o la casquivana de turno doblando la esquina. Y así, siempre, siempre. Todo el rato, sin visos de acabar. He mirado un par de veces sobre los edificios del fondo, anhelando percibir un leve fulgor de fosforescencia radiactiva bañando el cielo; una aurora mortal a la que siguiese un tsunami amarillo volatilizando los edificios, avanzando hacia mí para abrazarme, librándome de ese populoso e infernal bucle.

Ha sido una media hora de espera horrible, y si no me he levantado ha sido por no adelantar el momento de convertirme en zurullo a la deriva, movido por las olas. Yo sabía que ni siquiera cuando yo desapareciese iban a dejar de romper contra bares y portales. Pero al final me he unido, y he fluído con la cabeza gacha y cara de jilipollas; agarrando a mi perrita, en mis brazos, como si fuera un flotador.