Pobrecitas, pobres, probes. Tan verdes, tan frescas, tan buenas, las enredaderas. No tienen culpa de ser como son. Además, seguro que si no conseguimos convertirlas en un lindo toque decorativo sin trascendencia es porque no lo hemos intentado lo suficiente. Dicen en las revistas que hay que hablarles con cariño y ponerles música de Mozart.

Las autoridades sanitarias advierten que ser un primo o jilipollas perjudica la zélula vital.

Los cimientos de la casa deben aguantar un par de años más, aunque ya no tengamos tejado; y podemos sacar agua del pozo ahora que se han comenzado a meter por las cañerías y el agua sale con tropezones. Pero cortarlas sería muy injusto: son seres vivos, como nosotros, igualitas igualitas. Probemos podas, productos químicos y abonos durante años. Podemos incluso comprarnos otra casa, plantar más enredaderas y seguir probando mientras la destrozan. Seguro que luego conseguimos conciliar su expansión con nuestra casa de campo. En cuanto a las lindas plantitas con incisivos que plantaste en el jardín de atrás, bueno, cariño... no te preocupes: tu aún eres fértil... ¿cariño?